Cuando la clase comienza en el salón número 2 apenas se escuchan algunos susurros, el ruido los lapiceros destapándose y el roce de los papeles sobre la mesa. Ni una frase, ni una palabra, solo gestos y manos que se mueven, rostros haciendo muecas, ojos que miran hacia todos lados. Si la profesora Luz Mary López quiere llamar la atención de algún alumno no pronuncia su nombre, sino que agita los dedos delante de su cara o le hace alguna seña desde el tablero. Cualquiera en el Instituto Comfamiliar sabe que esta es la clase más silenciosa de todas, pero por eso mismo la más compleja y fascinante: acá se dan cita tres veces a la semana 24 estudiantes no oyentes que aspiran a graduarse como bachilleres en un programa piloto de educación incluyente y diferencial apoyado por la Agencia de Empleo de Comfamiliar Risaralda.

“En un principio yo trabajaba con la Agencia de Empleo” explica la profesora Luz Mary López. “Encontramos muchos problemas para que los sordos pudieran aplicar a un trabajo: tenían dificultades con los exámenes de ingreso, les causaba problema escribir y leer los formularios”. Luz Mary perdió la audición cuando tenía 18 años y aunque ya sabía hablar el español, también aprendió la lengua de señas. A pesar de que ella tiene un implante coclear que le permite oír con cierta dificultad, ella se siente orgullosa de pertenecer a la comunidad no oyente. Dice que ahora hay un montón de términos y palabras inventadas por los médicos para referirse a esta discapacidad, pero a pesar de todo muchos como ella no tienen problema en decir que son sordos, ni consideran ofensivo este término.

Al ver que los sordos tenían serios problemas de exclusión para acceder a un empleo formal, Luz Mary habló con Claudia Arana, responsable de la Agencia de Empleo, con el propósito de buscar alguna estrategia de inclusión. “El problema no está en las habilidades que ellos tengan para trabajar sino en la educación” asegura Luz Mary “lo que queremos es darles esas herramientas para que accedan a un empleo”. Con el apoyo del Fernando Henao, Coordinador Administrativo del Instituto de Comfamiliar, hicieron una selección de alumnos y unas pruebas preliminares. Además se contrató a otras dos maestras: la licenciada en Artes Laura Taborda y la profesora de matemáticas Elizabeth Mejía, ambas son egresadas de la Universidad Tecnológica y ambas son sordas de nacimiento. Elizabeth Mejía fue galardonada con el premio a la Mujer Comfamiliar en el 2015, precisamente por su labor como docente de niños y jóvenes no oyentes en La escuela de la Palabra. “Los dos primeros meses hicimos una nivelación entre las tres maestras” explica Luz Mary. “En un principio nos dijeron que trabajáramos con intérprete y nosotras dijimos que no, porque así se pierde mucha información. Un intérprete no es la solución al problema educativo de los sordos”. La Agencia de Empleo cubre los costos de transporte y uniformes de los estudiantes, y las clases son completamente gratuitas para ellos.

Todos son adultos, hombres y mujeres, algunos estudiaron en el Instituto de Audiología o en la Escuela de la Palabra, pero no tienen títulos formales. Algunos trabajan en empresas, como Fernando, el único sordo en la fábrica de Gino Pascalli donde maneja una máquina plana de siete a siete. Fernando habla por señas mientras la profesora traduce: “Me siento muy bien estudiando porque aprendo muchas palabras, yo mismo me esfuerzo mucho, estoy muy interesado en gruaduarme”. Fernando, que es robusto, rubio y de ojos azules, tiene 44 años y perdió la audición cuando era bebé por una enfermedad.

Los sordos, aunque silenciosos, también se ponen apodos, que son señas indicando algún rasgo físico, también hacen recocha y hasta tienen palabrotas en su lenguaje de señas. A Fernando le gusta charlar y “recochar” con Anderson, de 26 años, cuerpo delgado y barba bien cuidada. “No he tenido dificultades, he podido estudiar con claridad” dice Anderson con sus manos y los gestos de su rostro. “Ahora no estoy trabajando, antes trabajaba en construcción. Nací sordo, crecí sordo. Mi hermano me pagó un implante coclear pero yo ya era muy adulto, entonces no me sirvió”.

Laura Taborda, la otra profesora, explica a través de señas que cuando llega un intérprete los sordos no aprenden igual: “no hay mejor persona que otro sordo para enseñarles” dice. Las docentes han tenido que ingeniárselas para encontrar materiales especiales, porque no hay todavía módulos ni cartillas adaptadas a las necesidades de estos estudiantes. “El problema no es del sordo” explica Luz Mary “el problema es del maestro que no le sabe enseñar”.

La lección prosigue. Elizabeth comienza a hacerle un examen a uno de los estudiantes, que pone cara de preocupación y se echa la bendición entre sonrisas. Laura le está explicando algo del módulo a dos chicas. Mientras la clase avanza Luz Mary intenta contrastar los tiempos verbales del verbo “nadar” y para ello dibuja unas figuritas en el tablero. Entonces, como por arte de magia el silencio se rompe en una algarabía de carcajadas y manos que se mueven. “Se están burlando de mis mamarrachos” dice la profesora, antes de intentar poner orden en su aula por medio de señas y gestos.